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REVISTA DE MOVIMIENTOS SOCIALES

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REVISTA DE MOVIMIENTOS SOCIALES

EDITORIAL

DE LO SOCIAL EN MOVIMIENTO

A LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA REALIDAD

“En la vida histórica concreta, sociedad civil y la sociedad política son una misma cosa”
(Antonio Gramsci).

Cuando - a efectos de la globalización neoliberal, el discurso triunfal del empresariado financiero, el eclipse del aparato estatal, la caída del muro de Berlín y el colapso de las revoluciones en libertad - pareciera que los pueblos latino-americanos nos estamos precipitando en el abstruso abismo de la posmodernidad, todavía ronda entre nosotros la pregunta y el inquieto fantasma de lo social, no sólo en la intimidad de las comunidades que sobreviven, sino también en el ámbito académico en que discurren - más mal que bien - las ciencias sociales.

Lo cierto es que, en el fondo de nuestros pueblos, pese a todo, ‘lo social’ todavía se mueve. En parte, porque, en su larga historia, siempre estuvo en movimiento. Porque fuimos producto de una colonización abusiva. Porque, por eso mismo, fuimos sociedades heterogéneas, diversas, en transición permanente. En búsqueda de su definitiva creación o su definitiva identidad. Y hubo resistencia al invasor, confrontación con las nuevas oligarquías, conflicto en una modernización que ha sido desigual. Tanto, que la lucha forma parte esencial de nuestro ethos cultural, social y aún político. No es posible pensar nuestro continente sin pensar el oleaje incesante de lo social, la búsqueda permanente de la justicia, la presión incesante por la igualdad. Con todo, algunos intelectuales y algunos políticos no reconocen ese ethos, y destacan, por el contrario, el supuesto ‘orden nacional’ establecido por sus dictadores y dirigentes. En el que no habría conflicto, sino armonía; tampoco frustración, sino modernización. Destacan la estabilidad, ocultan el desencanto. Ignoran, al fin, la rebeldía.

Los procesos históricos, sin embargo, muestran lo contrario: la centenaria resistencia de los pueblos indígenas, las desafiantes redes alternativas de los marginales, la presión incesante de los trabajadores, la altanería de las mujeres de pueblo, la rebelión de las juventudes revolucionarias. La sociedad popular, sobre todo, jamás ha estado quieta bajo los yugos que la marginan. Ni siquiera bajo las más brutales dictaduras. ¿Cuántos hombres, cuántas mujeres, jóvenes y niños no han arriesgado su vida y su seguridad para derribar los regímenes autoritarios que han sucedido a sus intentos de liberación? ¿Cuántos héroes anónimos esperan, invisibles, en las calles del pueblo?

Una historia larga de lucha contra la precariedad, la desigualdad, la pobreza, el mal gobierno, la educación de mercado, contra la política de farándula y televisión, contra la tortura y la violación de los derechos fundamentales etc. ¿Cómo no ver allí a Emiliano Zapata; a Sandino; a los revolucionarios de Cuba, Guatemala y Nicaragua; a los ciudadanos que hicieron estallar el “bogotazo”; a los mineros bolivianos del ‘52; a los seguidores de Mariátegui y Haya de la Torre; a los rebeldes masacrados en la Escuela Santa María; al masivo movimiento de “los sin tierra”, a los indígenas de Ecuador, los piqueteros de Argentina, los pingüinos de Chile?

Hoy, bajo la imperante globalización, lo social sigue en movimiento . En todas partes, bajo nuevas formas. Esgrimiendo nuevas banderas. Y se lucha por recuperar la tierra, establecer la paz, por los derechos sexuales de las minorías, por la emancipación de la mujer, por los derechos del niño. Nuevos afluentes de energía brotan de todas partes y convergen a un mismo norte. Hacia un horizonte de libertades amplias y participación colectiva. Hacia una etapa de cultura comunitaria. Donde el mercado no gobierne, donde la competitividad no mate la solidaridad, donde la educación sea auto-educación, llena de valores y no de precios. Las identidades nacen, se acercan, se juntan y empoderan. Y esto se ve, y se sabe. Ocurre en Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Venezuela. Sintiendo eso mismo bajo sus pies, los nuevos caudillos se atreven a erigirse y levantar la voz. Son voces de caudillos, sí, pero bajo ellos rumorea la voz multitudinaria de lo social que quiere gobernar, a través de ellos, pero también - y cada vez más - directamente, sin intermediaciones. Porque ‘lo social’ no es sólo un movimiento: es, también, soberanía. Y necesita ser, por lo mismo, poder verdadero.

Ante todo eso, ante la persistencia del movimiento, los intelectuales atentos no pueden menos que concentrar allí su atención. Lo social está manifestándose en fenómenos históricamente inéditos: el “zapatismo” mexicano, por ejemplo, que renace a la vida política; la “revolución bolivariana”, que recobra nueva vida en el desconcertante fenómeno del “chavismo” venezolano; el movimiento indígena-cocalero, que en Bolivia ha logrado proyectarse como poder constituyente, etc. La ciencia social, la educación popular, las universidades mismas, ante todo eso, necesitan readecuar sus prácticas y reorientar sus funciones. No se trata de caer en la vieja práctica de etiquetar todo (neo-populismo, neo-indigenismo, revolucionarismo), sino de potenciar culturalmente los nuevos afluentes de lo social. De integrar la ciencia académica comprometida con el saber que brota a raudales de las nuevas identidades. Se trata de potenciar el movimiento, no de consolidar la institucionalidad de la ciencia.

No es, sin embargo, tarea fácil. No lo es, en parte, porque es inédita. Y en parte, porque, esta vez, la cultura social necesita primacía. Pues el tiempo del imperialismo ideológico ya ha pasado. La época de los dogmas, también.

Por eso, estamos llenos de incertidumbre, pero también de expectativas. Por eso, creemos, es necesario crear espacios sociales de pensamiento, de reflexión, y también de acción. Necesitamos crear laboratorios colectivos para forjar, en este nuevo contexto, lo que queremos. Donde podamos potenciar lo que somos. Donde podamos preguntar, conversar, criticar, analizar, proyectar, concordar. Donde podamos atizar nuestra sinergia interna. Nuestras convicciones. Rigurosamente.

Es esa necesidad la que nos ha movido a crear este grupo editor (que a la vez es de reflexión), y este medio de expresión. Lo hacemos bajo el amparo de la Universidad Bolivariana - que nos da confianza para proceder así - pero en la idea de asociarnos a ‘lo social’ que se mueve fuera de ella, en torno nuestro. Combina, pues, lo académico - en tanto debemos operar con rigurosidad científica - con la cultura social. El intelecto individual con el colectivo, la identidad con la reflexión, y todo, con la acción. La experiencia del pasado - que varios de nosotros vivimos en carne propia - combinada con las juveniles intuiciones del futuro.

Por tanto, queremos someter a debate nuestra experiencia, nuestra investigación, nuestro trabajo, pero también la reflexión de todos los que se junten con nosotros en la búsqueda de una meta común. En el trabajo para levantar un proyecto de sociedad más justa para todos. Pues estamos próximos al bi-centenario de nuestro nacimiento como pueblos soberanos. Vamos a cumplir 200 años de lucha incesante. Y esto, tal vez, es demasiado tiempo. Demasiada impotencia acumulada. Demasiada rabia sin salida. Necesitamos, esta vez, tomarnos más en serio que nunca. Pensar con más rigurosidad y profundidad lo que somos, lo que queremos, lo que podemos. Y sobre todo, cómo podemos realizar, con eficiencia y éxito, el proyecto social que resuelva nuestros viejos problemas. Ese viejo proyecto alternativo en el que tanto hemos soñado utópicamente. Ha llegado el tiempo, al parecer, que pasemos de la utopía a la acción eficiente. El pueblo, y nosotros mismos, lo necesitamos y lo merecemos.

Invitamos, pues, a pensar juntos. A pulir nuestros métodos. A difundir nuestra cultura, nuestra identidad. A construir un eficiente poder libertario.

Los Editores

Santiago de Chile, agosto de 2007


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